Capítulo 13 · Primer viaje juntos, un fin de semana en Cádiz. Empieza a admitir, para sus adentros, que Marcos no es tan soso como en la barbacoa.
Organizar la boda
Marcos propuso Cádiz sin plan ninguno, lo cual ya me pareció sospechoso viniendo de alguien tan calculado. El sábado, desde un chiringuito de Camposoto, vimos una boda entera en la playa: el viento levantando el mantel, la novia sujetándose el velo con las dos manos. Esto es lo que aprendí, otra vez desde fuera, sobre casarse con los pies en la arena.

Foto de Hồng Xuân Văn en Unsplash
Lo propuso un martes, por mensaje, sin fecha exacta ni reserva hecha: "¿te vienes el finde a Cádiz, sin más?". Yo, que llevo una libreta para las bodas ajenas y otra virtual para casi todo lo demás, contesté que sí antes de mirar el tiempo que iba a hacer. Llegamos con un hostal reservado la noche anterior y nada más.
El viernes por la tarde ya estábamos comiendo en un chiringuito con las sillas medio hundidas en la arena, y mientras yo pedía la carta entera para no decidir, él ya estaba mirando hacia la playa con una cara rara. Seguí su mirada y ahí estaba: una boda montándose a cien metros, sin que nosotros tuviéramos nada que ver.
Sillas blancas clavadas en la arena, un arco de flores peleándose con el viento desde las cuatro, y dos ujieres persiguiendo el camino de tela del pasillo con lo que parecían piquetas de acampada. Cuando llegó la novia, se sujetaba el velo con las dos manos como quien sujeta un paraguas roto, y las hojas del orden de ceremonia salían volando de las sillas como gaviotas de papel.
Marcos dijo, sin que se lo preguntara: "yo creo que esa boda la está disfrutando más el fotógrafo que los novios". Me quedé callada un segundo de más, porque tenía razón y porque no esperaba que se fijara en eso. El de la barbacoa no se fijaba ni en si le habían servido la cerveza.
Cuando el oficiante empezó a hablar, una ráfaga se llevó las hojas sueltas de su discurso hasta la orilla, y tuvo que terminarlo de memoria, más corto y más sincero de lo que llevaba escrito, a juzgar por la cara de sorpresa de los novios. Fue lo único de esa boda que me pareció mejor por accidente que si hubiera salido según el plan.
A su favor: la luz de las siete de la tarde no la consigue ningún foco, el sonido del mar de fondo sustituye a media hora de música ambiente, y no hace falta decorar casi nada porque el paisaje ya está puesto. Los niños de esa boda corrían descalzos entre las sillas y nadie les mandaba callar.
Y hay algo más difícil de explicar: hasta el desorden ayuda. El pelo que se despeina, la tela que se pega a las piernas con el viento, la arena que se cuela en los zapatos de todos por igual — nadie está impecable, así que nadie desentona. En una sala cerrada eso se notaría. En la arena, es solo parte del paisaje.
Desde nuestra mesa, con el mojito de por medio, se veía también la parte que no sale en las fotos de boda de playa que corren por ahí:
De las veintisiete bodas que llevo contadas, dos eran en la playa. A las dos les hizo falta un plan B a medio camino.
Una playa pública no es tierra de nadie: hace falta autorización del ayuntamiento o de Costas, pedida con semanas de antelación, y casi siempre con un horario cerrado fuera de las horas de baño. Esto es lo mínimo que conviene mirar antes de enamorarse de la idea:
Un plan B no es decir "si llueve, ya veremos". Es tener un sitio cubierto reservado de antemano, a quien avisar a primera hora si la previsión cambia, y a los invitados enterados con tiempo de que existe esa posibilidad — no enterándose en la puerta del hostal con la maleta ya hecha.
El domingo nos quedamos a ver la puesta de sol desde la misma arena donde el día anterior habían recogido las sillas de la boda. Marcos encontró una piqueta de las de la ceremonia medio enterrada y la guardó "por si acaso", sin explicar por si acaso qué. No dije nada de lo que estaba pensando, que era básicamente que no me importaría repetir esto.
Cogimos el tren de vuelta el lunes a primera hora, y los dos fingimos que no nos había sabido a poco. Yo, al menos, ya sabía que la próxima vez que alguien me preguntara si merece la pena casarse en la playa, le iba a contestar con matices —y con la piqueta de Marcos como prueba de que algo, aunque fuera diminuto, se había traído de allí.
Preguntas frecuentes
Sí, casi siempre al ayuntamiento o a Costas, con semanas de antelación, y con un horario limitado fuera de las horas de baño.
A primera o última hora del día: la luz es mejor, hace menos calor y suele coincidir con el horario que permiten los ayuntamientos.
Uno que no se hunda: cuña ancha o plano. El tacón fino se clava en la arena y hay quien acaba descalza antes de que empiece el convite.
Uno de verdad, con un sitio cubierto reservado de antemano y avisado a los invitados con tiempo — no la promesa de improvisar si cambia el tiempo.
Depende del permiso: muchos ayuntamientos prohíben clavar estructuras fijas en la arena sin autorización expresa de antemano.
El diario de Aitana es un relato: los personajes son inventados, los consejos no.
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