Capítulo 14 · Marcos sube a su piso por primera vez, y Tuno —que no se acerca a nadie— se le queda dormido encima. Aitana se ríe, y algo por dentro se le encoge un poco.
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Marcos subió a mi piso por primera vez un jueves cualquiera, y Tuno —que no se acerca a nadie, ni a mí los lunes— se le subió encima y se quedó dormido. Me reí y se me heló la sonrisa a partes iguales. Esa misma noche, sin venir a cuento, acabamos hablando de niños y mascotas en las bodas.

Foto de Đào Việt Hoàng en Unsplash
Mi hermana Nuria lleva tres años viniendo a casa y Tuno solo le ha dejado verle la cola desde debajo de la cama. Al del gas le bufó una vez desde encima del armario. A mí me hace ascos los lunes, que es cuando peor huelo después del gimnasio. Es un gato con criterio y poca paciencia, y llevo años sin cuestionarlo.
Una vez até una teoría entera a esto —que Tuno sabe cosas de la gente antes que yo, que es una especie de detector— y Nuria me dijo que lo que pasa es que es un gato borde con todo el mundo menos conmigo, y que dejara de buscarle sabiduría a un animal que se come sus propios vómitos. Tenía razón, probablemente. Pero seguí pensándolo por dentro.
No fue una cena preparada ni nada que mereciera ese nombre: vino a devolverme un libro y se quedó a ver una serie en el sofá, con una botella de vino que trajo sin preguntar si me gustaba (me gustaba). Estaba más nervioso de lo que admitiría, y se sentó en el borde del sofá como si el resto no fuera con él.
Tuno salió de donde fuera que estuviera escondido, cruzó el salón entero sin mirarme a mí, y se subió al regazo de Marcos como si llevara haciéndolo toda la vida. Se quedó dormido en menos de un minuto. Me reí a carcajadas —"esto no lo hace ni conmigo"— y por dentro se me encogió algo que no dije en voz alta ni pensé demasiado.
Nos quedamos hablando bajito, casi susurrando, para no despertarlo. De ahí, sin que viniera a nada, saltamos a que su prima se casa en octubre y ha puesto "sin niños" en la invitación, y que su tía ya ha dejado caer dos veces que le parece fatal.
Con veintisiete bodas de muestra, no tengo una respuesta única. Las que mejor funcionan con niños son las de jardín, con horario que no llega a la medianoche y sitio para correr descalzos. Las que peor, las de banquete largo y sentado, con la ceremonia a las siete y el brindis pasadas las diez — ahí los más pequeños acaban dormidos en una silla o llorando en el pasillo, y los padres cenan de pie turnándose.
En la boda de Clara —la número veintisiete, la del cálculo del centro de mesa— había ocho niños y un rincón con ceras y un mantel de papel para pintar encima. Ni un llanto en toda la noche. En otra, de la que prefiero no dar más pistas, un niño de tres años lloró entero el "sí quiero" porque tenía sueño, y la novia lo cuenta todavía como el chiste malo de su propia boda.
De mis veintisiete bodas, tres decían "sin niños" en la invitación, en letra pequeña, casi pidiendo perdón.
Cuando funciona, es porque alguien pensó en esto antes de que hiciera falta:
La prima de Marcos lo puso en letra pequeña y aun así se enteró todo el mundo, con el runrún incluido. Lo que mejor funciona, según lo que he visto en las bodas donde no hubo drama:
Marcos se fue tarde, con pelo de gato en el jersey entero y sin quejarse por ello. Le dije, ya en la puerta, que no era normal lo que había hecho Tuno, que llevaba años sin subirse encima de nadie que no fuera yo. Se encogió de hombros y dijo que a él los gatos le suelen tomar cariño. No sonó a chulería. Sonó a que era verdad.
Recogí el sofá y me quedé mirando el hueco todavía caliente donde había estado Tuno, que me miraba a mí desde la encimera con la cara de siempre, como si no hubiera pasado nada raro. No dije nada en voz alta. No hacía falta: para variar, el gato ya lo había dicho por mí.
Preguntas frecuentes
No, si se dice con claridad y con la misma regla para todo el mundo. Lo que sienta mal es la excepción silenciosa, no la norma.
Con una frase directa en la invitación o en la web, dicha con cariño, y avisando con tiempo para que los padres organicen canguro o el viaje.
Algo entretenido para su edad, un menú pensado para ellos —no el del adulto en pequeño— y un sitio tranquilo para el que se rinde antes que los mayores.
Sí, es de las soluciones que mejor funcionan: niños en la ceremonia y el convite, y una canguro contratada para cuando empieza el after.
Si el sitio lo permite, sí, casi siempre solo durante la ceremonia y con alguien responsable de sacarla antes de que empiece el baile.
El diario de Aitana es un relato: los personajes son inventados, los consejos no.
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