Capítulo 10 · La despedida de Bea la deja con una mención de Marcos, a quien apenas conoce, que le sorprende recordar sin que nadie tuviera que explicarle quién era.
Organizar la boda
Dos semanas después de la barbacoa del pueblo, tocaba la despedida de Bea: una sala de karaoke, una corona de purpurina y cuarenta y dos euros por cabeza. Esto es lo que aprendí sobre organizar una despedida que no dé vergüenza ajena — y lo que pasó, ya de madrugada, sentadas en un portal.

Foto de Feel Karaoke en Unsplash
Dos semanas después de la barbacoa en el pueblo de Bea —sí, la de las mesas, la de Marcos, el que apenas recuerdo— tocaba la despedida. Cris, la madrina, había montado un Excel con columnas para el restaurante, la sala de karaoke y quién debía cuánto, con una pestaña aparte para «imprevistos» que acabó siendo la más usada de todas.
Fuimos nueve. Cenamos en un sitio de Malasaña con manteles de papel y raciones para compartir, y de ahí a una sala de karaoke privada que Cris había reservado con dos meses de antelación porque, según ella, «el viernes bueno vuela».
Bea llevaba una corona de purpurina que se le torcía cada vez que se reía, que fue casi todo el rato. Cantamos «Nochentera» cuatro veces porque nadie sabía la letra de nada más reciente, y alguien —no diré quién— se subió a la mesa baja para el estribillo y se dejó media copa de cava en la moqueta.
No hubo despedida de revista: ni playa, ni disfraces a juego, ni un cartel con la cara del novio pegado en la pared. Cris lo había preguntado antes y Bea fue clara: nada que la avergonzara delante de su suegra si algún día veía las fotos. Se lo tomó en serio y funcionó.
A la mañana siguiente, con la cabeza como un bombo, miré el grupo de WhatsApp donde Cris había cerrado cuentas: 42 € por persona, entre cena, sala y las rondas de después. La novia no pagó nada de eso — su parte se repartió entre las demás sin que ella se enterara del reparto, solo del resultado.
42 € por persona — lo que costó la despedida de Bea entre cena, sala de karaoke y rondas
Cris la puso a seis semanas de la boda, y ahora entiendo por qué: ni tan cerca como para llegar con resaca a las pruebas del vestido, ni tan lejos como para que se note fría en la memoria de las fotos. La semana justo antes de la boda, mejor ni tocarla — es cuando a la novia ya no le sobra ni un margen para nada.
Lo que mejor le funcionó a Cris fue no preguntar «¿qué quieres que hagamos?», que obliga a la novia a planear su propia sorpresa, sino darle tres opciones cerradas para elegir sin saber cuál sería: tranquila, animada o «de todo un poco», más un límite de gasto y una lista corta de lo que no quiere ver ni en broma.
A las cuatro ya solo quedábamos Bea y yo, sentadas en el escalón de su portal porque a ninguna de las dos se le ocurrió subir todavía. Ella miraba el móvil y se reía sola de algo del grupo de Guille. «Marcos ha preguntado si seguíamos de fiesta», dijo, sin levantar la vista de la pantalla.
Me sorprendió reconocer el nombre sin que hiciera falta que añadiera nada más. Marcos. El de las mesas. No dije nada raro, ni pregunté nada raro, solo me quedé un segundo de más pensando en quién era antes de contestar que sí, que seguíamos, aunque ya no quedara nadie despierto salvo nosotras dos y un gato que cruzó la calle sin prisa.
Subimos poco después. No volví a pensar en Marcos esa noche, o casi. Lo que sí pensé, ya en la cama, fue que a Bea le quedaban dos semanas para la boda de verdad y que yo todavía no tenía nada que ponerme.
Preguntas frecuentes
No hay una cifra oficial como la de la boda, pero por lo que he visto, entre 40 y 70 € por persona es razonable para una noche sin viaje — con desplazamiento y alojamiento eso va aparte.
Se reparte entre el resto del grupo: la novia no pone nada de su bolsillo esa noche, aunque no tiene por qué enterarse de cómo se reparte, solo de que está cubierta.
Lo habitual es entre uno y dos meses antes de la boda — ni tan pegada como para llegar con resaca a las últimas pruebas, ni tan lejos como para que se note fría en las fotos.
Con opciones cerradas: tranquila, animada o de todo un poco, más un presupuesto máximo y una lista de lo que no quiere ver — nunca preguntando el plan entero.
Sí, mejor llevarlo por separado: mezclarlo con el gasto de la cena y la sala hace que el reparto salga descuadrado sin que nadie se dé cuenta hasta el final.
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