Capítulo 9 · Tras dos citas seguidas que no llevaron a nada, conoce a Marcos, amigo del novio de Bea, en la barbacoa del pueblo donde se casa en mayo — y apenas repara en él.
Organizar la boda
Bea se casa en un pueblo de Soria con cincuenta y dos habitantes, y una barbacoa nos reunió a todos antes. Ahí conocí a Marcos, el amigo del novio que se pasó la tarde plegando mesas, y le hice bastante menos caso del que le hice a la logística de la boda. Esto es lo que aprendí sobre organizar una boda lejos de todo.

Foto de Ian Edokov en Unsplash
Calatañazor tiene una calle principal, una iglesia románica y un cartel a la entrada que dice CINCUENTA Y DOS HABITANTES, aunque Bea jura que en invierno son menos. Subimos desde Madrid un sábado de principios de marzo, con la calefacción del coche a tope y una bolsa de croissants que se acabó antes de Somosierra. Venía de una racha floja de citas —la del café de veinte minutos, la del que no paraba de hablar de su ex— y lo único que me apetecía era un fin de semana sin tener que fingir interés por nadie.
La boda de Bea es en mayo, aquí, en la casa de su abuela, y esta barbacoa era la excusa oficial para que sus amigos de Madrid conocieran el sitio antes. La excusa real, creo, era que Bea necesitaba que alguien más viera el jardín y le confirmara que sí, que cabían noventa sillas sin que nadie tuviera que sentarse encima del pozo.
Guille —el novio, que hasta entonces solo conocía por fotos de Instagram— trajo a un grupo de amigos del pueblo de al lado. Uno de ellos, Marcos, se pasó la primera hora montando la mesa larga del corral con dos tablones y unos caballetes que no encajaban bien. Habló poco. Cuando alguien le preguntó a qué se dedicaba dijo «ingeniero» y no añadió nada más, ni una broma, ni una queja sobre el tablón que se le clavó en el dedo.
Me pareció soso. Lo digo tal cual, sin postureo de las que luego cuentan que se dieron cuenta enseguida: me pareció el típico chico que hay en toda barbacoa, el que ayuda con las sillas y no se sienta hasta que todo el mundo tiene sitio, y al que se le olvida el nombre a la media hora. Hablé más con la madre de Guille sobre el catering que con él sobre cualquier cosa.
De hecho, si repaso la tarde, le dediqué a Marcos cuatro frases y a la logística de la boda de Bea cuarenta minutos largos, sentada con ella en el poyete de piedra mientras los demás recogían los platos. Ese reparto de tiempo ya dice bastante de en qué estaba yo esa tarde, y no era precisamente en él.
Lo de Bea, sobre el papel, suena bonito: casarse donde veraneaba de pequeña, con la iglesia de sus abuelos y el corral de siempre. Lo que no sale en las fotos es la logística, y ahí Bea llevaba ya tres meses de ventaja sobre mí en saber de bodas.
El primer problema es el alojamiento, y es real: en Calatañazor no hay ni un hostal. Los noventa invitados tienen que dormir en El Burgo de Osma, a veinte minutos, donde sí hay hoteles y casas rurales, pero solo unos cuantos, y en mayo coincide con dos comuniones más de la zona.
El segundo problema es que nadie trabaja EN el pueblo: el catering viene de Soria capital, a media hora, y ya ha avisado de un recargo por kilometraje que Bea no tenía previsto. Lo mismo el DJ, que cobra un extra por el generador porque el corral no tiene suficiente potencia para el equipo de sonido.
Bea lo está resolviendo con una lista en un Excel —proveedor, distancia, si cobra desplazamiento, si hace falta generador— y me lo enseñó orgullosa como quien enseña una tesis. Se la copié entera, por si acaso, para el día que me toque a mí, si me toca.
3 casas rurales y 1 pensión: todo el alojamiento en 15 km a la redonda de Calatañazor
Lo que sí tiene el pueblo es un bar, el Casino, con Herminia detrás de la barra desde hace treinta años. Bea ya la conoce de los veranos, y ya han hablado de que el domingo, con la resaca de todos, el Casino abrirá una hora antes para servir cafés a los que se queden a dormir la mañana siguiente.
Aprendí ahí algo que no sale en ninguna revista de bodas: en un pueblo pequeño el bar de siempre vale más que un proveedor nuevo. Conoce a la gente, tiene sitio si hace falta guardar cajas de vino de más, y no cobra por «servicio de guardarropía de emergencia» como sí haría cualquier salón de las afueras de Madrid.
Volvimos de noche, con la calefacción otra vez a tope y Bea dormida en el asiento de atrás con la lista de proveedores todavía en el regazo. Marcos se despidió con un gesto de cabeza desde la puerta del corral, todavía plegando la última mesa. No pensé en él en todo el camino de vuelta. O eso me dije, mientras contaba en voz alta cuántas semanas quedaban para la despedida de Bea.
Preguntas frecuentes
Sí, pero hay que reservar con mucha más antelación de la habitual —al menos seis meses— y repartir a los invitados entre dos o tres alojamientos si hace falta, dejando la dirección exacta bien clara.
Depende del proveedor y de la distancia, pero casi todos añaden un recargo por kilometraje o por el tiempo de desplazamiento — hay que preguntarlo desde el primer presupuesto, no cuando ya está todo cerrado.
Si el alojamiento está a más de diez minutos y no hay transporte público, sí: es más barato que dejar que cada uno conduzca de noche por una carretera que no conoce.
Casi ningún pueblo pequeño lo tiene: el catering, el DJ y hasta el generador llegan de la ciudad más cercana, y eso hay que sumarlo al presupuesto desde el principio.
Más de lo que parece: conoce a los invitados que van cada verano, tiene sitio para guardar cosas y suele abrir antes o cerrar más tarde sin cobrar por ello, algo que ningún proveedor nuevo hace gratis.
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