Capítulo 2 · Sigue en la boda de Clara, la número 27, ahora sentada en la mesa 14. Tío Pepe estuvo a punto de preguntarle si tenía novio y decidió que no merecía la pena.
Organizar la boda
En la boda de Clara me tocó la mesa 14: dos primas segundas a las que no veía desde una comunión, y tío Pepe, que ya iba por la segunda cerveza. Ahí aprendí, sentada, cómo se hace de verdad un plano de mesas — y por qué la mesa de los solteros es casi siempre una mala idea.

Foto de Wedding Photography en Unsplash
Antes de sentarme ya sabía que algo iba a salir raro. El cartelito de la entrada, con las mesas repartidas por apellido, me colocaba como «Aitana Ferrán». Ni Ferrer ni Ferré: Ferrán, con ene, como si a la organizadora se le hubiera acabado la paciencia a media palabra. Le hice una foto para el cajón de las tarjetitas mal escritas, que ya va teniendo su colección. El número, al menos, lo clavaron: mesa 14.
Tío Pepe es el marido de una prima de mi madre y lleva viniendo a las mismas bodas que yo desde que tengo memoria. Cuando llegué a la mesa ya tenía la servilleta puesta y estaba a media frase con Silvia y Marta, dos primas segundas de Clara a las que no había visto desde una comunión. Contaba lo de la trucha del río Tormes. La última vez que se la oí, hace dos veranos, pesaba ochocientos gramos. Esta noche ya iba por el kilo y medio, pescada de madrugada y en solitario — como siempre que crece.
Silvia y Marta se rieron en el momento justo, educadas. Yo también, porque la historia me sigue haciendo gracia aunque me la sepa casi de memoria. Fue mirando alrededor, mientras él seguía con la trucha, cuando caí en la cuenta de qué mesa era realmente la catorce.
Antes de que me tocara sentarme estuve un rato larga delante del cartel grande de la entrada, el que lleva el nombre de cada mesa con sus comensales, porque tardaron en abrir el salón y no había nada mejor que hacer. Se lee rápido, si sabes qué mirar: la mesa 3 era la cuadrilla del instituto de Clara, la 7 los compañeros de la consultora del novio, la 9 los padres de los padres. Cada una tenía un motivo. Y luego estaba la 14.
La 14 éramos Silvia, Marta, tío Pepe, su mujer, un primo del novio que había llegado sin acompañante, y yo. Ningún hilo nos unía más allá de que en cualquier otra mesa habríamos sobrado un poco. Es lo que en las bodas se llama, sin decirlo nunca en voz alta, la mesa de los sueltos — y da igual que nadie ponga ese cartel: si te sientas ahí, lo notas.
Y aquí va lo primero que aprendí esa noche, mirando la mesa desde dentro: la mesa de los solteros, aunque nadie la llame así, es casi siempre un error. Junta a gente que no tiene nada en común más que estar sin pareja esa noche, y encima se lo señala: todo el que se sienta ahí sabe exactamente por qué está ahí. No es una mesa, es una etiqueta con mantel.
Si algo saqué en claro de repasar las otras mesas antes de que me tocara la mía, es que un buen plano no se hace por parentesco a secas. Se hace por esto:
La boda de Clara no tenía ese problema, pero la del año pasado de un compañero de trabajo sí, y ahí aprendí mirando cómo lo resolvió su madre, que llevaba dos bodas de ventaja en experiencia familiar: no sentó a su exmarido y a su nueva pareja en su misma mesa, pero tampoco los mandó a un rincón junto a la puerta de la cocina. Mesa distinta, misma sala, misma cercanía al resto de invitados. Nadie tuvo que brindar poniendo mala cara a quien no quería tener cerca.
Con familias con grietas —divorcios, hermanos que no se hablan, un ex que sigue viniendo porque es primo de la novia— esto es lo que separa un plano que funciona de uno que se comenta en el coche de vuelta:
| Situación | Lo que NO ayuda | Lo que sí funciona |
|---|---|---|
| Padres divorciados | Sentarlos juntos "para guardar las formas" | Mesas cercanas pero separadas, cada uno con su gente |
| Solteros sin pareja | Juntarlos a todos en una única mesa aparte | Repartidos donde tengan algo real en común con quien les rodea |
| Un ex que sigue invitado | Sentarlo enfrente, de cara | Misma sala, mesa lejos, sin que parezca un castigo para nadie |
| Abuelos con movilidad reducida | Dejarlos al fondo, cerca de los altavoces | Cerca de la puerta y del baño, lejos de la música alta |
Lo último que aprendí, ya en la sobremesa, fue por boca de la propia Clara, que se quejaba —contenta, pero se quejaba— de haber rehecho el plano cuatro veces. Un plano de mesas no se cierra antes de que se cierren las confirmaciones, y las confirmaciones de verdad no se cierran hasta unas tres o cuatro semanas antes de la boda. Cerrarlo antes es rehacerlo seguro; cerrarlo después complica imprimir las tarjetas de mesa y avisar al catering del número final — el mismo cartel que yo estuve leyendo, mientras tío Pepe llegaba a la parte del kilo y medio.
Cuando por fin nos sentamos, tío Pepe terminó la trucha justo a tiempo para el primer plato, y le preguntó a Marta si tenía novio con la misma cara con la que antes hablaba de peces. Marta dijo que no. Tío Pepe me miró a mí, calculando si merecía la pena repetir la pregunta, y decidió que no merecía la pena. Se lo agradecí en silencio y volví a mi copa. La libreta, esta vez, se quedó en el bolso.
Preguntas frecuentes
No, casi nunca. Junta a gente que solo tiene en común no tener pareja esa noche, y de paso se lo señala a todos: mejor repartir a los que van solos donde tengan algo real en común con quien les rodea.
Lo habitual son entre 8 y 12 comensales por mesa, con 10 como número más cómodo para que todos puedan seguir la misma conversación.
En mesas distintas pero cercanas, cada uno con su gente — nunca juntos "para guardar las formas" ni tan lejos que parezca un castigo.
No antes de que se cierren las confirmaciones, unas tres o cuatro semanas antes de la boda: cerrarlo antes casi garantiza tener que rehacerlo.
Sí — a la entrada, por orden alfabético de apellido, es lo primero que busca un invitado que llega y no sabe dónde sentarse.
El diario de Aitana es un relato: los personajes son inventados, los consejos no.
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