Capítulo 20 · Con fecha, finca y lista cerradas, se sienta a escribir la web de su propia boda: la que hablará de la veintiocho, la primera a la que no irá sola.
La web de la boda
Abro un documento en blanco un domingo por la mañana, con el café todavía caliente, para escribir la web de mi propia boda. Antes de teclear una palabra me da un ataque de risa: tengo una carpeta con ochenta y cuatro capturas de bodas ajenas y me acuerdo con demasiada nitidez de la noche que cotilleé la de mi prima. Esto es lo que por fin escribo, sección por sección.

Foto de Justin Morgan en Unsplash
Abro el portátil para escribir la web de nuestra boda y el Finder me enseña, sin que se lo pida, la carpeta de capturas que llevo guardando desde hace más de un año: ochenta y cuatro imágenes de portadas, tipografías y textos de boda ajena, repartidas en subcarpetas con nombres como "para ideas" y "para NO hacer". Me río sola en la cocina. Ya no soy la que guarda pantallazos: soy la que por fin tiene que escribir uno de verdad.
Y la carpeta ni siquiera es lo más vergonzoso. Lo más vergonzoso es acordarme, con una nitidez que no me merezco, de la noche que entré en la web de mi prima Vero solo para mirar la hora de la ceremonia y salí de allí a las tres y media de la madrugada con quince pestañas abiertas. Aquella noche apunté mentalmente todo lo que le sobraba y lo que le faltaba. Esta mañana, con café de verdad y no con sueño atrasado, toca aplicarlo.
Escribo nuestros nombres, la fecha, y una frase corta debajo — nada de contador en segundos, que ya sé por experiencia ajena que después de la primera visita nadie vuelve a mirarlo. Marcos propone poner "próximamente los detalles" y lo borro: la fecha y el lugar tienen que estar ahí arriba, sin bajar ni hacer clic. Es lo primero que un invitado busca y lo último que muchas webs se molestan en poner donde se ve.
Escribo la dirección exacta, un enlace de mapa que se abra directamente en el móvil, y dos opciones de autobús desde Madrid con el precio orientativo, porque la mitad de los nuestros no tienen coche o no quieren conducir de vuelta con una copa de más. Añado alojamiento cerca, con dos o tres opciones y sus precios, y el código de vestimenta — la pregunta que sé, por las que le llegaron a Vero por WhatsApp, que va a repetirse cuarenta veces si no la contesto aquí.
Acompañantes, alergias, si hace falta transporte desde Madrid, y ya. Nada de campos que no van a usarse ni de preguntas que solo satisfacen mi curiosidad. Cada campo que escribo me lo pregunto dos veces: ¿esto lo necesita alguien para trabajar el día de la boda, o es solo cosa mía? Si la respuesta es "cosa mía", lo quito. El formulario no es un cuestionario de personalidad, es una lista de la compra para el catering.
Escribo un bloque entero, con las preguntas tal como las haría cualquiera de mis primos en voz alta: si pueden traer niños, si hay lista de bodas, qué pasa si llueve en Los Nogales, hasta qué hora hay barra libre y si hace falta reservar hotel con antelación. Cada una que contesto aquí es una conversación menos que voy a tener por WhatsApp en septiembre, cuando ya no me quede cabeza para escribir nada.
Esta es la sección que más me ha costado. Escribo primero la versión larga: la barbacoa donde me pareció soso, el pañuelo, el café de tres horas, Cádiz, Tuno decidiendo antes que yo, la comida con su familia, el sí de un martes cualquiera sin nada de épica. Ochocientas palabras que a mí me importan una a una. Las releo y las corto a la mitad, y luego otra vez, hasta dejar seis líneas que dicen lo mismo sin pedirle a nadie que se siente a leer una novela antes de confirmar si viene con acompañante. Nadie entra a la web de una boda a leer un libro. Entra a saber la hora.
Cierro el documento a media mañana, con la web casi lista y el café ya frío. Saco la libreta de tapas peladas donde llevo apuntando cada boda desde la de mis primos en Cuenca, la misma donde escribí que esta hacía el número veintisiete, siempre sola. Paso a una página en blanco y anoto la fecha: 24 de septiembre. La boda de la que voy a hablar el año que viene será la veintiocho. Y esta vez no voy a ir sola.
Preguntas frecuentes
Los nombres y la fecha, visibles sin hacer clic, y poco más. Nada de contador en segundos: casi nadie vuelve a mirarlo después de la primera visita.
Dirección exacta con un mapa que se abra en el móvil, opciones de transporte sin coche propio, alojamiento cerca con precios orientativos, y el código de vestimenta si lo hay.
Solo las que necesita el catering para trabajar: acompañantes, alergias y si hace falta transporte. Cualquier campo que responda a curiosidad y no a una necesidad real, sobra.
Las mismas cinco que van a llegar por WhatsApp si no se contestan antes: niños sí o no, lista de bodas, plan si llueve, hasta qué hora hay barra libre y si hace falta reservar alojamiento con tiempo.
Mucho menos de lo que se escribe la primera vez. Se escribe entera y se corta a la mitad, y otra vez, hasta dejar unas líneas: nadie entra a la web de una boda a leer una novela, entra a confirmar si va con acompañante.
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