Capítulo 17 · Un martes en casa, con Tuno de por medio. Marcos se lo pide y ella dice que sí. Ahora tienen diez días por delante y ni idea de por dónde empezar.
Organizar la boda
No hubo restaurante, ni pancartas, ni dron. Fue un martes, en casa, con Tuno sentado justo entre los dos. Marcos me lo pidió, yo dije que sí, y después nos quedamos callados sin saber qué se hacía a continuación —así que esto es lo que hicimos los diez días siguientes, en el orden en que de verdad hace falta decidirlo.

Foto de Katelyn MacMillan en Unsplash
Fue un martes. Ni siquiera recuerdo bien qué habíamos cenado, aunque tengo la sensación de que fue tarde y algo sencillo, porque los dos llegamos cansados del trabajo. Tuno se instaló entre nosotros en el sofá, en el sitio exacto donde no cabe, que es donde más le gusta sentarse.
Marcos llevaba un rato raro. No mal raro: callado, con las manos metidas en los bolsillos más de lo normal. Hasta que metió la mano en el bolsillo donde antes llevaba pañuelos —el mismo del que salió el que me prestó en la boda de Bea— y esta vez no sacó un pañuelo.
No hubo discurso largo. Dijo mi nombre, dijo que llevaba tiempo dándole vueltas, y con la caja todavía a medio abrir me preguntó si me quería casar con él. Se le trabó la voz en "casar", que es la palabra más corta de toda la frase y la que menos ensayo le hacía falta.
Dije que sí. Una sola palabra, sin ceremonia, con Tuno todavía entre los dos mirando la caja como si también esperara una explicación. No hubo aplausos porque no había nadie más delante para aplaudir, y creo que fue mejor así.
Lo que vino después no estaba en ningún plan: silencio. Nos miramos, nos reímos un poco de los nervios, y ninguno de los dos sabía qué se supone que pasa a continuación un martes entre semana. Marcos preguntó si pedíamos algo de cenar, porque al final no habíamos cenado de verdad, solo un par de tostadas antes de que Tuno acaparara el sofá. Pedimos una pizza. Nos la comimos ahí mismo, con la caja del anillo todavía abierta encima de la mesa, como un tercer invitado más silencioso que el gato.
Llamé a Bea antes de terminar la primera porción. Ella, que estuvo en la barbacoa donde conocí a Marcos y siempre dice que le pareció soso, se rió un minuto entero antes de felicitarme. Fue la única llamada que hicimos esa noche. Todo lo demás podía esperar a la mañana siguiente.
A la mañana siguiente, con la pizza fría todavía en la nevera, entendí que sabía más de organizar bodas ajenas que de cómo empezar la mía propia. Esto es el orden que de verdad importa, el mismo que le recomendaría a cualquiera que me preguntase —y ya me han preguntado, en las primeras veinticuatro horas, cuatro personas distintas—:
El orden importa más que cada decisión por separado. Buscar sitio antes de saber cuántos sois es la manera más rápida de enamorarse de una finca para cuarenta personas cuando sois ciento veinte, o al revés.
Con la misma urgencia con la que decidimos el orden de arriba, apunté también lo contrario: lo que puede esperar meses sin que pase nada.
Lo digo porque a las pocas horas de la pedida ya tenía una pestaña abierta con paletas de verde salvia, la misma manía de siempre. La cerré. Ese tren pasa más adelante, no esa misma noche.
Antes de publicar nada, llamamos a los padres de los dos. Primero los de Marcos —los mismos de la comida de las tablas prestadas y la tía Puri—, luego los míos, y a Nuria por videollamada porque vive en Valencia y no le hacía ninguna gracia enterarse por una foto. A Bea ya la había llamado la noche anterior, así que no contaba dos veces.
El orden no fue casualidad: primero quien te crió, después quien más te conoce, y solo entonces el resto del mundo. Nadie debería enterarse de esto por una notificación antes que por una llamada.
Esa tarde, diez días después, teníamos un rango de presupuesto, un número aproximado de invitados y una estación del año. No teníamos fecha, ni sitio, ni idea de cuántas fincas nos iban a decir que no antes de encontrar la nuestra. Eso vendría después, y sería su propio lío.
Preguntas frecuentes
Un presupuesto aproximado primero, después el número de invitados, luego la fecha y el sitio en último lugar —en ese orden, porque cada decisión depende de la anterior.
No. Basta con una estación o un año objetivo; la fecha exacta suele salir de qué días quedan libres en el sitio elegido, no al revés.
La lista de invitados con nombres, el vestido, la paleta de colores o la web de la boda: todo eso tiene meses de margen y decidirlo con prisa solo añade un estrés que no toca todavía.
A los padres de los dos y a la persona más cercana de cada uno, por llamada o en persona, antes de que alguien se entere por una foto en el móvil.
Solo si el sitio o el fotógrafo soñados tienen mucha lista de espera y la fecha aprieta; si no, todo puede esperar unas semanas a tener claros presupuesto, invitados y fecha aproximada.
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